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La Madre

Una madre soltera termina teniendo sexo con su propio hijo, cerrando el círculo de su soledad...
Aquel domingo y con su hijo Miguel en un partido de fútbol con compañeros de la facultad, aprovechando el relativo frescor de la mañana, Gabriela se había dedicado a limpiar la casa a fondo, especialmente los pisos, por lo que, ya cercano el mediodía, y agotada por el fregar pero especialmente por el calor que en esos primeros días de enero apretaba fuerte, se había dado una larga ducha en la que sacara lo que ponía en su cuerpo esos olores que, según la situación y el sexo, pueden ser desagradables o una fuente de excitación, mezcla de sudores y exudaciones vaginales.

Como de costumbre, cuando estaba segura de que en la casa era la única habitante, prescindiendo de toda ropa interior que la incomodara, eligió un liviano camisón veraniego pero antes se detuvo a contemplar con satisfacción su cuerpo; a sus casi cuarenta años y tal vez como una virtud heredada de su madre, su cuerpo se mantenía joven y sus formas, generosas pero no abundantes, conservaban la lozanía de sus veinte, edad en que quedara embarazada de Miguel.

Ese recuerdo colocó un ramalazo de bronca en su mente; no podía olvidar el odio hacia aquel hombre al que, no sabiéndolo casado, se entregara sin límites y que una vez confirmado el embarazo, desapareciera como si nunca hubiera existido. Tampoco el sacrificio que significara a sus padres hacerse cargo de su hijo para que ella pudiera continuar sus estudios y finalmente recibirse de abogada.

Por suerte su carrera había resultado exitosa y con esa imagen rediviva del hombre corporizada en Miguel acicateándola, sólo se había permitido algunas ocasionales aventuras no del todo satisfactorias con hombres que no pretendían interferir en su vida ni en su carrera; tal vez esa falta de traqueteos y abusos era en definitiva lo que la mantenía joven, aunque, a su pesar, no podía evitar la sempiterna excitación subyacente que se ponía en evidencia aun sin proponérselo.

Dando una palmada satisfecha a sus nalgas, terminó de vestirse y se dedicó a la aburrida tarea de limpiar uno por uno los diversos adornos que su casi obsesión por las figulinas de porcelana le hacía comprar sin mesura; llevaba una hora en la tediosa tarea cuando vio entrar a Miguel quien, después de besarla en la frente, se dejó caer a lo largo del sillón tras quitarse la remera; no obstante ser una copia fiel de su padre, como para refrescarle ese origen espurio y su vergüenza social, estaba orgullosa de ese muchacho que, de casi un metro ochenta de estatura, lucía un cuerpo fuerte pero no musculoso y una simetría en sus rasgos que acentuaba una melena leonina resaltando aún más el parecido.

Saliendo de su abstracción y dejando de lado la franela, fue hacia el sillón y levantándole la cabeza, se sentó apoyándola en su muslo al tiempo que lo interrogaba sobre cómo había sido su mañana; contento porque su madre repitiera esa costumbre que en los últimos años se espaciara cada día más, Miguel fue contándole del encuentro con sus amigos y el partido de fútbol y, cómo era lo habitual en él, fue rotando el cuerpo para quedar de lado para que Gabriela pudiera entonces mimar sus hombros, brazos y cabello con sus caricias.

Casi maquinalmente, la mujer cumplía con el rito, apoyando la cabeza en el respaldar y la mirada perdida en la nada solo atenta al relato de su hijo, por lo que conscientemente no percibió las caricias de este a su rodilla hasta que la osadía del muchacho lo hizo llevar los dedos a lo largo del muslo interior; embargada por una perplejidad ambigua sobre qué actitud tomar, permaneció así para ver qué haría Miguel.

Ella ignoraba de la adoración de su hijo en el más estricto valor de la palabra, quien desde la infancia seguía sus desplazamientos por la casa en paños menores y se las ingeniara no sólo para espiarla en el baño donde ella solía dar suelta a su abstinencia en hondas masturbaciones sino en el mismo dormitorio, cuando ella lo incitaba a pasar la noche con algún amigo para llevar a la casa a uno de sus amantes; él simulaba irse, pero permanecía en los alrededores y comprobada la llegada del hombre, volvía a entrar para contemplar a Gabriela en su verdadera dimensión como mujer, ejecutando las cosas más vilmente fascinantes del sexo.

Por eso ese día, sumada a la adrenalina aportada por las emociones del partido, esa tufarada de fragancias intimas femeninas que brotaban de su entrepierna a través de la tenue tela, lo llevaron a tomar esa decisión y notándola quietamente expectante, levantó la cabeza para terminar de subir la falda del corto camisón y acompañó la mano a lo largo del muslo con tiernos besos de sus labios húmedos.

Veintidós años retrocedió su mente para reproducir momentos similares con Adrián e inconscientemente, cerrando los ojos, fue separando despacio sus piernas al tiempo que reprimía un angustioso suspiro de ansiedad. Envalentonado, Miguel siguió avanzando con la mano acariciando y la boca besando la suave piel y desconcertado por la falta de ropa al llegar a la entrepierna, levantó aún más la tela para enfrentar el espectáculo maravilloso del mondo y abultado sexo de su madre.

Por la imperceptible pero continua separación de las piernas, él presintió que la mujer estaba entregada y colocándose rápidamente arrodillado frente a ella, mantuvo alzada la ropa a la vez que su lengua se aposentaba sobre el abultado Monte de Venus; al sentir la lengua tremolante, Gabriela pareció cobrar vida y expresando su asentimiento en susurrados sí, abrió las piernas para dar cabida al cuerpo de su hijo, pero con los ojos obstinadamente cerrados para mantener la ilusión de que quien la estaba poseyendo era el tan odiado como recordado Adrián.

Asombrado por la belleza de ese sexo al que siempre viera desde lejos, el muchacho estaba fascinado con los gordezuelos labios mayores de la vulva que semejaban un mórbido alfajor y entre los cuales asomaban apenas lo bordes ligeramente más rosados de los pliegues internos; dócilmente, su madre levantó un poco el trasero del asiento para permitirle subir el camisón hasta la cintura y cuando él la corrió hasta que las nalgas quedaron sobresaliendo del almohadón para explorar con la lengua vibrante en el fondo de la raja, ella alzó las piernas encogidas al tiempo que sacaba el camisón por sobre la cabeza.

Con toda la opulencia de la zona erógena a su disposición, el abrió suavemente las nalgas poderosas en tanto la lengua se deslizaba sobre la pulida hendidura y cuando la punta tremolante llegó a la oscuridad del culo, ella emitió un hondo suspiro y bajando los brazos que mantenía perezosamente estirados, buscó sus tetas para sobarlas delicadamente; al parecer el muchacho había heredado el virtuosismo sexual de su padre por la forma tan similar en que usaba a lengua y labios y sintiendo como él la envaraba para punzar en los esfínteres, relajo esa zona para luego experimentar la delicia de la lengua explorando el espacio entre ambos músculos y la boca haciendo ventosa contra la carne.

No pudiendo refrenar más sus impulsos, abrió los ojos para mirar la rubia cabeza hundida entre sus piernas como tantos años atrás y rugiendo de pasión, bajó las manos para asir los cachetes de las nalgas y abrirlas en oferente entrega a su hijo. Dándose cuenta de que ya no tendría problemas para poseer a Gabriela a su antojo, subió hacia donde se abría la boca alienígena de la vagina y degustando tenuemente las gotas que acumulaba, se adentró en la raja a la vez que separaba los labios mayores para acceder a lo que siempre había ansiado; el conjunto de retorcidos frunces que formaban los labios menores lo alucinó y tal como esperaba, al separarlos con los dedos, se abrieron como dos carnosas alas de mariposa de ennegrecidos bordes para pasar por la inmensa gama de rosados hasta el lechoso, casi perlado fondo donde campeaba el dilatado agujero del meato y en la parte superior, bajo el carnoso manto, parecía desafiarlo la ovalada punta blancuzca del clítoris.

Sollozando de placer ante la perspectiva del goce que le daría el muchacho, lo alentó roncamente a poseerla con la boca y Miguel, sin desatender el pedido, fue hundiendo dos dedos en la húmeda vagina al tiempo que con su lengua exploraba la superficie toda de las aletas hasta concentrarse sobre el meato y en tanto tomaba entre índice y pulgar de la otra mano el tubito carneo para apretarlo y hacerlo rotar entre ellos, azotó con la punta al clítoris que, pugnando por distender la membrana que lo cegaba, creció notablemente para proyectarse ya con la consistencia de un dedo meñique.

Gabriela no daba crédito a experimentar tanta felicidad y abriendo teatralmente las piernas mientras corcoveaba contra la boca de su hijo, le exigió imperativa entre sollozos, que la cogiera de una vez; él conocía del desenfreno sexual de su madre pero aun lo asombraba de que, por su necesidad o vaya a saberse qué, se le brindara de forma tan sexualmente desesperada; por la altura del sillón, se acuclilló con las piernas bastante encogidas y tomando la verga que hacía rato estaba erecta, la aproximó a la vagina distendida por sus dedos y empujando con todo el peso del cuerpo, fue penetrándola.

Casi un año llevaba Gabriela sin tener contacto con un hombre y aunque ella sabía que la vagina en reposo era sólo un saco vacío y no un conducto, le asombró la resequedad de los músculos que las mucosas no hacían elásticos y como si estuviera siendo desvirgada, sintió la hermosa pija de su hijo penetrándola hasta que su cabeza golpeó reciamente contra el cuello uterino y, contenta al comprobar que tanto por grosor como en tamaño superaba holgadamente lo de su padre, envolvió con su piernas la cintura del muchacho para apoyar los talones en sus nalgas, comprimiéndolo fuertemente contra ella.

Demostrando que a sus veintiún años lo que no le faltaba era experiencia, él fue retirando la verga hasta llegar casi a sacarla pero ahí fue donde comenzó un rítmico vaivén contra esos primeros centímetros que concentran la sensibilidad de la vagina; observando fascinada como esa hermosa verga entraba y salía de su sexo tan placenteramente, se aferró a los nervudos antebrazos de su hijo que la asía por la cintura y acompañando el balanceo con pequeños empellones de la pelvis, incitó al muchacho a penetrarla enteramente para darle un buena cogida.

Complaciéndola, él incrementó la profundidad y en ese hamacarse adelante y atrás que desesperaba gratamente a la mujer, se entretuvo unos momentos hasta que su madre estiró un brazo para tomarlo por la nuca y pidiéndole que le chupara las tetas que oscilaban en caprichosos círculos al ritmo de la cogida, proyecto su pelvis con contundentes empellones en fenomenal cogida; en sus repetidas observaciones, Miguel no había alcanzado a calibrar la incontinencia sexual de su madre y anheloso por hacer suyas aquellas tetas que lo obnubilaban diariamente con su gelatinoso oscilar, apoyó los codos a cada lado de su torso y en tanto los dedos aferraban las tetas desde su base para comenzar un delicado apretar y soltar, su lengua se hizo dueña de esas colinas del placer.

Inmersa en un vértice del disfrute que la arrastraba en el tiempo, sintió que era Adrián quien le proporcionaba semejante goce y ella la jovencita de diecinueve años entregada al hombre mayor y acariciando tiernamente la rubia melena con destellos dorados de su hijo, le suplicó que no la hiciera sufrir tanto para darle lo que ella ansiaba y meneando acuciante las caderas en frenética cogida, sintió como sus labios se cerraban sobre los pezones en alternados chupones en los que los envolvían para aferrarlos junto a los dientes y tiraban de ellos hasta el límite de la desesperación al tiempo que la pelvis de Miguel se estrellaba en una violenta cogida contra su sexo dilatado.

Miguel había cobrado conciencia de la necesidad de su madre por sentir una buena acabada y dispuesto a proporcionársela, imprimió a las caderas una vehemencia tal que pronto sintió los ronquidos rabiosos de Gabriela anunciando su orgasmo y reclamándole a él lo mismo; soltando las tetas, se enderezó y levantando a su madre por las nalgas, manteniéndola casi en el aire, se dio tan formidable envión que vio como sus carnes se sacudían ante esos empellones hasta que, de pronto, sintió el conocido tirón en los riñones y descargó en la vagina la calidez de su abundante esperma entre los gritos satisfechos de la mujer bendiciéndolo.

Con los ojos cuajados de lágrimas de felicidad, no quiso darse lugar para el disfrute de esa exquisita modorra en que la sumían sus orgasmos y dándose cuenta de que el hijo superaba largamente al padre en virtuosismo y calibre, decidió aprovecharse de su situación dominante y hacer lo necesario para convertir al muchacho en quien le proporcionaría el bienestar físico que no conociera durante veinte años, haciendo un esfuerzo, se irguió en el sillón para caer inmediatamente de rodillas frente a Miguel y tomando la verga que aún estaba cubierta de sus propios jugos y de los restos de semen que goteaba la cabeza, fue introduciéndola despaciosamente en su boca.

Por lejos aventajaba a su padre y a todos los demás hombres con quienes se acostara y entusiasmada por la promesa de un sexo felizmente provechoso, tomo la verga semí tumefacta entre los dedos para iniciar un movimiento envolvente a la cabeza que le devolviera su rigidez, al tiempo que bajaba golosa hacia los testículos saboreando sus propios jugos en la piel rugosa; realmente, los genitales completaban cabalmente el paquete, ya que duros y redondos, desprovistos de vello, exhibían una miríada de retorcidos meando que cubrían toda la superficie.

Ante el augurios que eso significaba, los recorrió despaciosamente enjugando los jugos que se mezclaban con los sudores del muchacho pero eso la llevó a una escalada de deseo que la obligó a meter la cabeza invertida entre las piernas para fustigar primero al perineo y luego recalar con la lengua palpitante al agujero anal que, ante la caricia se contrajo instintivamente para luego ir cediendo en la distensión de los esfínteres; a ella la fascinaba sentir como los hombres se estremecían de placer con eso y endureciendo la lengua al apretarla entre los dientes, fue empujando sin pausa haya que un buen par de centímetros se encontraron dentro de la tripa e inició un movimiento copulatorio con el acompañamiento de los labios en succionantes besos hasta que el ansia pudo más, y volviendo al frente, se entregó con denuedo al chupeteo de los testículos en tanto su mano mantenía erguida la verga.

Ya esta había recuperado su monstruosa dimensión y entonces, empalando la lengua, subió a lo largo del tronco hasta llegar a la cabeza y debiendo hacer otro esfuerzo, la hizo entrar a su boca para bajar succionante hasta el profundo surco y desde allí retornó al tronco para hacer que la lengua bajara golosa por el tronco hasta la base y volviera a subir para repetir lo anterior; esa secuencia la obnubilaba y su boca subió y bajó insistentemente hasta que el deseo la superó y en la subida, no permaneció sólo en la cabeza oval, sino que traspuso en surco para ir metiendo la verga poderosa en la boca y, poniendo toda su experiencia, aunque el grosor y el largo eran inéditos, consiguió traspasar la glotis sin otra molestia que un atisbo de arcada y sus labios rozaron finalmente la pelambre de su hijo.

En verdad, jamás había tenido en su boca algo tan fenomenal, y gruñendo de satisfacción, volvió hacia atrás hasta sentir el alivio de la punta saliendo de sus labios, pero las manos de Miguel apoyadas en la nuca la obligaron a meterla nuevamente para combinar ahora la introducción hasta el fondo con cortas mamadas en las que su mano masturbaba rudamente la verga resbalando en la saliva que ella dejaba escapar; tan ansioso como ella, su hijo ahora penetraba la boca como si fuera una vagina en cortos remezones de su pelvis pero, reaccionando porque no quería que esa delicia terminara tan pronto, ella se desprendió enérgicamente del muchacho que pasmado vio cómo su madre lo empujaba hasta hacerlo quedar acostado a lo largo del sillón.

Tomando decididamente el comando de las acciones, se acaballó sobre la pelvis de Miguel y con una pierna estirada apoyada firmemente en el suelo y la otra arrodillada junto a sus caderas, buscó a tientas la formidable verga para embocarla en la vagina e ir bajando el cuerpo hasta sentirla toda adentro; aquí predominó su experiencia con tantos hombres y haciendo que sus caderas se movieran casi independientemente del torso y las piernas, se meneó con una vehemente cadencia por la que la verga entraba y salía como un embolo carneo que la destrozaba tan deliciosamente.

Fanatizada por la exquisita cogida, apoyó los brazos junto al torso de su hijo y se inclinó para sentir por primera vez el sabor de su boca; con los ojos cerrados por el goce y un resto tardío de recato, dejó que sus labios rozaran la perfección de esos labios varoniles y tal por el aliento ardiente del muchacho o un flash relampagueante de recuerdos, las bocas se unieron en un encastre perfecto para que las salivas se mezclaran y las lenguas se buscaran voraces en recia porfía.

Miguel había entendido la intención de su madre y en tanto se unía al fragor de esa batalla de besos y lengüetazos, sus manos buscaron avariciosas esas tetas maravillosas que oscilaban colgantes sobre su pecho en tanto proyectaba sus caderas contra esa verdadera máquina de coger que era la pelvis de Gabriela; ambos se fundieron uno en el otro mientras ella asía entre sus manos la cara de Miguel y como si quisiera devorarlos, succionaba golosa los labios al tiempo que su lengua engrosada por la pasión, escarbaba en las mejillas, el paladar y agredía salvajemente a la otra.

Ya lanzada como una gata salvaje, daba ahora a sus caderas un movimiento adelante y atrás que hacia al falo golpear rudamente contra el cuello uterino o aprovechaba la diferencia entre las piernas para inclinarse a un lado u otro, consiguiendo que la verga la socavara deliciosamente desde todos los ángulos, contagiando de esa especie de fiebre a su hijo que, finalmente, salió bruscamente de debajo de ella para hacerla quedar boca arriba y de esa manera, abriéndole las piernas tanto como pudo, volvió a penetrarla hondamente al tiempo que se inclinaba para llevar manos y boca a sobar y estrujar las tetas oscilantes.

Tanta energía puesta en ese acto antinatural pero maravillosamente satisfactorio, se evidenciaba en como el aire salía estertoroso de su pecho en cortos jadeos que la ahogaba y agradeció porque Miguel hubiera tomado la iniciativa y sintiendo la imponderable presencia de semejante verga socavándola, se esmeró en el meneo de su pelvis y el ondular del cuerpo todo se hizo casi violento cuando él comenzó a alternar el estrujamiento de sus tetas, con aparatosas lamidas que fustigaban a los pezones y los labios chupándolos con gula.

De ella, Miguel parecía haber heredado esa predisposición o virtud para menear la grupa independientemente del resto del cuerpo y entonces sentía simultaneas, la formidable cogida de la verga casi con un dinamismo perruno y el soberbio trabajo de manos y boca en sus tetas; acariciando la leonina cabeza, envolvió sus piernas encogidas sobre la cintura del muchacho al tiempo que con los talones clavados en sus nalgas, incrementaba el ritmo de la cogida.

Y así estuvieron por algunos minutos en que ella agradeció a Dios la habilidad y fortaleza de su hijo hasta que este, enderezándose, le hizo colocar las dos piernas encogidas juntas de lado y conseguido un estrechamiento del paso, volvió a penetrarla profundamente pero ya sin esa velocidad abrumadora sino casi como un rito en el que la metía hasta golpear contra sus nalgas para luego sacar el falo totalmente, repitiendo el proceso en medio de los quejumbrosos asentimientos de su madre.

Después de esa abstinencia, la felicidad que de mano del dolor le proporcionaba Miguel, era inconmensurable y cuando él comenzó a tentar sobre los esfínteres con la punta de la verga, ella tendió su mano hacia atrás para abrir más el cachete y de pronto, ese sufrimiento ardoroso y hermoso que le proporcionaba la sodomía, comenzó a inundarla; parecía que los sordos bramidos que lanzaba impresionaron a su hijo porque delicada pero decididamente, la enorme cabeza separó ambos esfínteres y al llegar al surco, inició un cadencioso y corto vaivén que la fue elevando a la gloria.

Susurrando entre sollozos su asentimiento, le suplicó al muchacho que hiciera plena la culeada y entonces este, alzándole la grupa para que quedara arrodillada, fue metiendo la inmensidad de la verga a la tripa; el grosor inédito la hacía sublime y separando las piernas para asentar bien las rodillas, se apoyó en los codos para dar a su cuerpo un ralentado balanceo que la hizo sentir la inmensidad del miembro en plenitud y arañando el tapizado con las uñas engarfiadas, se proyectó con el mismo ritmo conque Miguel la penetraba. Algo en su interior le reclamaba ser expulsado y ella comprendió las urgencias biológicas del cuerpo exigiéndole ser satisfechas y entonces, en el apogeo de la excitación, fue enderezando el cuerpo y empujando explícitamente a su hijo con una mano hacia atrás, consiguió que aquel, sin sacar la verga del culo, quedara acostado boca arriba.

Acomodando las piernas con los pies junto a los muslos del muchacho, echó los brazos hacia atrás junto a los brazos de Miguel e inclinando el cuerpo para formar un arco perfecto, inició un ralentado adelante y atrás que hacía a la verga raspar la tripa de una forma terriblemente excitante; con la cabeza echada hacia atrás y meneándola de un lado al otro por semejante goce, rugiendo guturalmente al sentir el deslizar del falo en el culo y las manos de su hijo amasando las tetas, se dejó estar en ese placentero ir y venir hasta que comprendió que iba a alcanzar el más grande orgasmo de su vida y acelerando el vaivén, se sintió vaciándose por el sexo con indescriptibles sensaciones de viciosa concupiscencia.

Ahogada por su propia saliva y la falta de aire que le producía tanto afanoso traquetear y haciéndose eco de los bramidos de su hijo, salió del miembro para arrodillarse entre sus piernas y tomando la inmensa verga chorreante de mucosas intestinales, fue metiéndola en la boca para, mientras ejecutaba aquel corto vaivén sobre la testa enrojecida, masturbar con ambas manos en tronco. Los adjetivos groseros conque Miguel le exigía que lo hiciera acabar con su boca, no hicieron sino estimularla y volviendo a aquella rutina de meterla hasta el fondo para luego retroceder arañándola con los dientes y repetir los chupeteos al glande mientras las manos lo masturbaban enérgicamente en sentidos opuestos, se afanó hasta que su hijo, en la cima del goce, le anunció roncamente su eyaculación y entonces encerrando la cabeza entre sus labios, esperó ansiosa en momento hasta que el derrame impetuoso del semen superó sus expectativas y la simiente escapó no sólo por las comisuras de los labios sino que, ahogándola aunque intentaba deglutirla, goteo por sus fosas nasales.

Jamás había tenido tal cantidad de semen en su boca y tragándola con golosa ansiedad, lamió toda la testa donde aún quedaban vestigios de la esperma y mientras eliminaba de su cara los goterones con los dedos que luego llevaba la boca, su mente se perdía en la obnubilación que le producía el pensar que ya no habría en su vida días tristes y solitarios.

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Comentarios(7)

ROBERTV
Publicado 07 jun 2012 19:37
Muy buena historia , una exlente fantasia sexual.
Hora
Publicado 31 may 2012 04:01
Excelente, excitante, como siempre. Besos.
noel
Publicado 30 may 2012 01:14
Como bien dices tu como de un acto antinatural puede llegar ha ser tan placentero y hacernos disfrutar con su lectura.
ingenio_raul
Publicado 28 may 2012 14:55
Excelente relato, muy muy enloquecedor!!!
marcos
Publicado 28 may 2012 13:17
me gusto mucho bere te felicito.

pandardiente
Publicado 24 may 2012 15:58
Mi marido tiene el pene como un cañón, gracias.

pandardiente
Publicado 24 may 2012 15:57
Bere, enloqueces con tus relatos. Te amamos.
 

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