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El primer chorro golpeó con fuerza mi paladar. Era espeso, abundante y cálido, y me llegó con una fuerte palpitación de todo el tenso miembro que aprisionaban mis labios y que dulcemente para mi boca sostenían a de un cetro extraordinario, las manos delicadas y elegantes de Amanda.

Antonio gimió por el placer y por instinto empujó aún más arriba sus caderas, en un vano intento por entrar a fondo, para que mi boca deseosa abarcara un poco más de la extensión de su larguísimo miembro. A pesar de mis golosos esfuerzos y aun después de chupar ensalivándolo durante más de media hora, sólo me cabía apenas algo más de la enrojecida cabeza.

Hincada a mi lado y al ver escurrir el semen de mis labios hasta la frondosa mata negra del pubis de mi amigo, Amanda movió con más rapidez sus dos manos, jalando hacia abajo y hacia arriba la delicada piel de aquella verga durísima. En sus azules ojos asombrados se iluminaba el deseo destellante con cada ronco gemir de Antonio. Ella me veía mamarlo admirando la lenta y suave forma en que lo hacía.

Rozando mi mejilla con la suya, acercó su boca para lamer la base de aquel cetro de carne, para desde ahí subir hasta mis labios buscando de mi lengua algo del líquido salado que ya se me iba deslizando por las comisuras y la barbilla. Quité mi boca para que ella tomara aquella húmeda cabeza palpitante y con la boca bien abierta comenzó a succionarla con fuerza mientras yo contemplaba muy de cerca el espectáculo de sus ojos, de su tez sonrosada, de su rostro sudoroso que la pasión transformaba en fuego puro.

Amanda gemía guturalmente jalando hacia arriba y hacia abajo con ambas manos; mamaba con delectación y sin pausa, hambrienta y con sed, como si fuera la primera o la última vez que lo hacía. El segundo chorro le llegó como un espasmo, acompañado por un hondo grito de Antonio, directamente de su garganta. Su cabellera, negra, abundante y despeinada dejó de moverse mientras la espalda de Antonio se arqueaba. Se quedó quieta, moviendo sólo la lengua muy rápidamente para paladear el sabor a almendras que se derramaba con blanquísima abundancia.

Lamí entonces los labios húmedos y carnosos de Amanda, rodeando con mi lengua también los huevos grandes y mojados, y el grueso diámetro que latía con violencia dulcemente feroz… Antonio se incorporó cuando el tercer chorro salió disparado al aire mojándome los senos.

Amanda se había quitado de su sitio para poder deglutir la abundante leche, y él se inclinó sobre sí mismo para absorber el cuarto, el quinto, el sexto chorro. Antonio era uno de los pocos hombres a quienes había contemplado realizar tal proeza. La elasticidad de su cuerpo y el descomunal tamaño de su miembro, grueso y larguísimo, le permitían chuparse a sí mismo sin dificultad, agachándose sobre su propia verga y metiéndose en la boca algo más que la cabeza.

Ambas nos hicimos hacia atrás para contemplar arrobadas aquel extraordinario y dulcísimo espectáculo: Antonio se jalaba la verga con sus fuertes manos y succionaba sus propios chorros, aunque por su abundancia muchos descendían entre sus dedos hasta apelmazarse en la oscuridad de su pubis, haciendo más brillante la piel sedosa de su sexo magnífico y moreno.

Cuando dejó de eyacular se derrumbó sobre la cama, pero su polla permanecía dura, latiendo contra el aire denso y quieto de la habitación donde flotaba una canción de Simone que nombraba al amor en una playa mágica y desierta. En mi pecho sentía retumbar mi corazón agitado. Antonio siempre sabía cómo mantener su espléndida erección a pesar de sus múltiples orgasmos, seguro de sí, sensual como su pecho bronceado.

Amanda me sonrió sorprendida, caliente y cómplice, y volvió a clavar la intensa mirada de sus ojos cobalto en aquel falo descomunal, todavía hambrienta. Como la primera vez que lo hizo en el sofá de piel de la sala de mi casa, se recostó sobre los cojines mullidos de la cama; sin quitar la vista del miembro erecto empezó a acariciarse, abriendo las piernas húmedas con las rodillas en alto, exponiendo ante mis ojos y los de Antonio el frondoso y cobrizo monte de Venus que yo idolatraba como loca.

Sus dedos se perdían, hundiéndose entre los rizos abundantes y la apretada cavidad que tantas veces le había besado y comido, deslizando mis dedos y mi lengua por la doble anegada profundidad de aquel fruto suculento.

Yo seguía muy excitada, sin poder moverme, con las muñecas atadas a la espalda con la verde corbata de seda de Antonio. No sé cuándo ni en qué momento de debilidad se me había ocurrido confesarle a Amanda que una de mis incumplidas y antiguas fantasías era sentirme indefensa y sometida. Ella me estaba haciendo cumplirla a cabalidad.

Por eso y por su calentura Amanda sonreía entre temblores, masturbándose también con el vibrador de dos cabezas que había sacado de debajo de la almohada, contemplando a Antonio, la orgullosa verga de Antonio como un alto mástil en medio de la cama, viéndome atada, inmóvil boca abajo, ahíta pero encendida, escurriendo a borbotones mientras el dulce Antonio me hacía sentir su aliento muy cerca del cuello.

Sin mediar palabra, contemplándonos a las dos, Antonio se incorporó unos minutos más tarde, me acostó boca arriba y abrió de par en par mis piernas. Contempló mi cuerpo espigado, me dio un beso largo en el sexo húmedo que me puso a temblar como una hoja y se hincó entre mis muslos. Yo tampoco dije nada, lo necesitaba adentro y sabía que ambos deseábamos lo mismo.

Sin miramientos, sin los deliciosos y prolongados preámbulos a los que me tenía habituada cada vez que hacíamos el amor, sosteniendo mis tobillos con sus manos, me dejo ir la verga de un solo golpe, completa, de un certero envío.

“¡Hasta los huevos!” exclamó jadeante, mientras entraba de pronto, sin resistencia, hasta muy dentro de mi.

No alcancé siquiera a tomar aire. Mi orgasmo fue inmediato y explosivo. No necesité moverme y además, atada, no podía hacerlo. Se introdujo a fondo entre mis labios hinchados abriéndolos al límite, arrastrándome hacia mi misma, hacia el origen primitivo y salvaje del más intenso placer, hacia mi temblorosa entrega, iluminando cada centímetro de la piel de mi alma. Estallé más de diez veces seguidas, en altas olas y espumeantes, rebozando hasta empaparme las ingles y los muslos, ronroneando como salvaje gata en celo.

Con los ojos entrecerrados por el orgasmo vi cómo Amanda se sacaba el vibrador del cálido y mullido hospedaje, y se levantaba resollando para colocarse a horcajadas sobre mi rostro.

Sus frondosos rizos cubrieron mi barbilla y mi nariz mientras ella se abría los delicadísimos labios para que mi lengua acariciara por completo la dureza del clítoris erecto. Se meció lentamente, cabalgando mi boca, apretando las nalgas que yo estaba imposibilitada de estrujar atada de las muñecas como estaba, y alanceada, poseída totalmente por un Antonio febril que me embestía implacable como un toro, que me calaba lujuriosamente hasta donde muy pocos, a excepción de Mauricio y acaso ningún otro, había conseguido llegar a acariciarme hasta provocarme delirios de placer.

Desde mi dulce tormento, mientras lengüeteaba y me cogían, veía los labios de terciopelo de Antonio besar y chupar con tierna delicadeza los pezones y los senos pesados de la jadeante Amanda.

Ambos gemían, moviéndose en rítmica coreografía sobre mi cuerpo abierto, entre mis piernas, sobre mi boca, deteniéndose cuando mi lengua entraba más hondo entre los pliegues de Amanda, o cuando el falo de Antonio se sumergía enteramente en mi profundidad sedosa y anhelante, manantial de latidos y de cristalina miel espesa, haciendo que mis caderas se retorcieran, desbocada.

Sin sacarme la verga, Antonio me tomó de las caderas y sobre las sábanas me deslizó de entre las piernas de Amanda y, acostándose boca arriba, me cargó para sentarme encima de él. La enormidad entró aún más, haciéndome gritar de eléctrico y voluptuoso placer entremezclado con un efímero dolor que me encendía más. Su dureza, su largura, su volumen enhiesto, encontraron de nuevo cabida en el apretado recinto de mi sexo, igual que un ave legendaria acoplándose en su nido.

A horcajadas Amanda se sentó sobre el rostro de Antonio en la misma ardiente posición que antes estuvo sobre el mío, y cabalgándolo con suavidad me abrazó de la cintura, me mordió los labios, los pezones, me abrió aún más las nalgas al tiempo que mis caderas ascendían y bajaban urgidas de otro orgasmo, disfrutando de ese instante mágico sobre la deliciosa dureza que a medida que entraba y salía me iba abriendo más y más.

Las dos amigas nos deslizábamos ardiendo sobre el tumultuoso mar de placeres que era Antonio, besándonos, escudriñando el vívido resplandor de nuestras miradas tras las espesas pestañas, sin decirnos media palabra, disfrutando solamente, hablándonos sin palabras, enroscando nuestras lenguas entre un suspiro y un grito. Con las manos atadas a mi espalda, mis dedos alcanzaban a acariciar los grandes testículos que colgaban entre las ingles pegajosas e incluso a introducir la punta de un dedo en su culo.

Fue entonces cuando Mauricio se levantó del sillón del rincón del cuarto en el que desde hacía una hora y media había estado condenado a estar sentado, con el pene erecto, sin hablar ni tocarse, y se acercó al trío maravilloso que formábamos. Ya estaba desesperado de no intervenir.

Nos dijo con su ronca voz de barítono, “ya pasaron los noventa y cinco reglamentarios minutos de castigo. A ver si para la próxima reunión se inventan otro jueguito más divertido para mí, o de no ser así le tocará a Antonio sentarse quietecito en el sillón.”

Todo había empezado como un ingenioso juego de preguntas y respuestas sobre el origen de ciertas tradiciones romanas, aztecas y griegas que Mauricio había perdido, por lo que a modo de castigo le habíamos impuesto quedarse sentado desnudo, bebiendo champagne y mirándonos a los tres sin masturbarse, sin tocarse, sin dirigirnos la palabra, sólo viéndonos sin parpadear, vouyerísticamente.

De un salto felino, Mauricio trepó a la cama para que Amanda y yo lo lengüeteáramos y chupáramos de la misma forma en que lo habíamos hecho con Antonio. La promesa y parte de la razón del juego era que después del castigo él podría hacernos lo mismo que Antonio nos pidiera hacerle. E incluso más, hasta donde su imaginación y deseos alcanzaran, siempre y cuando lo consintiéramos y nos provocara un goce intenso y compartido. Su polla, casi tan grande como la de Antonio, y aún más gorda, estaba profusamente lubricada, goteaba espesos hilos de cristal líquido que Amanda y yo bebimos insaciables.

“¡Estoy a punto de vaciarme, de correrme, de venirme!” chilló Amanda moviéndose más de prisa sobre la apetitosa boca de Antonio.

Mauricio la levantó cargándola por las nalgas y la acostó boca arriba, justo a nuestro lado, para penetrarla con un brutal y único empujón, de la misma forma que Antonio lo había hecho conmigo. Ella se vino suspirando, lenta y profundamente, como en cámara lenta, con el cabello enmarañado sobre el rostro y el cuello, acompasada al rítmico vaivén del gran amante complaciente que era Mauricio, hasta quedar totalmente relajada sobre la sábana de seda y con el delgado cuerpo de Mauricio sobre el suyo.

Yo no quería moverme de encima de Antonio, deseaba continuar inmóvil, apretando todo mi sexo en torno de aquel cilindro maravillosamente resbaloso. Mauricio me desató las manos y se dedicó a lamerme el culo sin prisa, muy despacio. Sabía que en ocasiones especiales como era esa, disfrutaba sentirme penetrada por los dos lados y también sabía lo mucho que gozaba cuando eran él y Antonio quienes me obsequiaban ese doble placer de reina egipcia.

Acaricié los senos de Amanda, me moví con suavidad sobre la verga de Antonio mientras la tibia y delicada lengua, luego uno y dos dedos llenos de vaselina y finalmente el gigantesco falo de Mauricio, entraron en mi rincón más íntimo y estrecho después de que me azotara las nalgas con su polla muchas veces, hasta hacer que se me pusieran más calientes.

Amanda se acariciaba con el vibrador, mirándonos, abierta. Mi culo y mi sexo envolvían de calidez aquellas untuosas delicias simultáneas. Las dos vergas descomunales latían con fuerza inusitada, entraban y salían alternativamente en mi interior haciéndome sentir por instantes que me partirían en dos gozosamente.

Sin acordarlo previamente, tan sólo atentos a la más insignificante de mis ardorosas reacciones, ambos se quedaban inmóviles de pronto durante un largo rato, para volver a embestir y a empujarme con mayor vigor hacia mis profundos precipicios interiores, hasta que me hicieron alcanzar otro orgasmo inacabable. Mientras estallaba entre gritos y gemidos, y cuando cesó el último espasmo, los dos me besaron el cuello, los hombros, las aureolas coralinas, los adoloridos pezones.

Cuidadosamente, Mauricio salió de mi culo resbaloso y de nuevo Antonio me colocó boca arriba y sin sacar su deliciosa polla de mi hinchadísimo sexo satisfecho, se puso encima de mi, tendido sobre mi cuerpo, con las rodillas y codos a los lados de mis caderas y de mis hombros, separando bien sus piernas para que Mauricio, poco a poco, lo enculara.

“Mira bien, Amanda, para que aprendas y sepas bien lo que significa gozar…” Dijo Mauricio con picardía mirando la expresión azorada de Amanda.

Antonio se tensó y jadeó, gozoso, cuando el grosor de Mauricio comenzó a entrarle con cuidado, muy despacio, delicadamente.

Con el peso añadido de Mauricio, la largura de Antonio se me introdujo hasta los pelos, empujándome su verga más adentro que nunca, aplastándome con fuerza los dos sobre la cama, con pasión y ternura, moviéndose ambos varones encima de mi cuerpo ya sin voluntad, abandonada a las sensaciones prodigiosas, haciéndome ascender de nuevo vertiginosamente y sumergirme hasta tocar fondo del más estrepitoso de mis orgasmos de la noche.

Gemí mordiendo el hombro de Antonio, aferrado al cabello de Mauricio con una mano y apretando con la otra las nalgas completamente abiertas de Amanda, que me había introducido dos dedos en el culo palpitante y lubricado. Momentos después, arremetiendo lentamente, Mauricio y Antonio se vinieron, eyacularon al unísono, en un doble y profundo grito masculino, sumiéndome aún más contra la cama, inundándome de calidez y de espesura.

Con el vibrador zumbando hasta el fondo de su sexo, Amanda nos veía incrédula, excitada, con la boca abierta, con los ojos llenos de deseo por mi, por mis dos amigos bisexuales que ciertamente son los hombres más varoniles, y los amantes mas experimentados, cariñosos, complacientes y hermosos del mundo.

“Tenemos que hacer esto mas seguido,” nos dijo sonriente Antonio, sudoroso y aún empalado.

Con Mauricio derrumbado entre sus nalgas y encima de su espalda, acariciándome las mejillas y mi sonrisa de satisfacción compartida.

“Definitivamente,” le respondió Amanda tomando aire, extrayendo el vibrador y peinando con los dedos su larga cabellera revuelta sobre sus hombros y su bellísima cara enrojecida por el deleite.

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