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Diablas Asesinas

Pasados muchos kilómetros desde su inicio, la maraña de árboles que componía el bosque oscuro daba paso a un claro en la espesura, donde se formaba un pequeño lago, en la ladera de la llanura.

Eran las últimas horas del día, y aunque todavía había bastante claridad, comenzaba a oscurecer. Los juncos surgían de su rivera, mecidos por una ligera brisa. De pronto, la quietud de la cristalina superficie se vio rota cuando una figura emergió lentamente de las aguas. Unos grandes círculos se aproximaron a la orilla y murieron en ella, mientras alguien surgía del lago.

Era una figura claramente femenina, estaba completamente desnuda y numerosas gotas de agua se deslizaban por su espléndido cuerpo. Su pelo rubio, largo y lacio, estaba completamente pegado a sus hombros por la humedad. Su rostro era de rasgos severos, y aunque muy bello, sus afilados pómulos y su duro semblante transmitían desafío. Su cuerpo era delgado, pero duro y nervudo, como un arma presta a ser utilizada. Sus senos eran menudos, rematados por unos afilados pezones y su cintura y abdomen daban paso a una adorable entrepierna poblada de rubios rizos.

No obstante, un detalle muy peculiar no podía escaparse a cualquier observador. La criatura que acababa de dejar el lago tenía dos alas que emergían de su espalda. Unas alas grandes y emplumadas, como las de un ángel. Pues aquello era lo que Ersabel, ese ser, era. Un ángel.

Repentinamente, la criatura celestial pareció olfatear el aire. El olor era casi imperceptible para cualquiera, pero no para un ángel. ¿Cómo no percibir el hedor de sus odiados enemigos?.

Antes de que pudiera reaccionar, dos figuras aterrizaron a escasos metros. Las recién llegadas eran dos criaturas con membranosas alas de murciélago y piel rojiza. Sus largas cabelleras eran negras, como el material del que está tejida la noche, y una larga cola surgía de su espalda, retorciéndose y restallando como un látigo. Eran casi idénticas, y ambos cuerpos eran musculosos, atléticos, marcados, sublimes. Ambas, al igual que el ángel, estaban completamente desnudas. El ángel no pudo discernir cuál de las dos criaturas recién llegadas era más hermosa, pues ambas eran diabólicamente perfectas. Sus maliciosos ojos, negros, su nariz, fina y respingona, y sus generosos labios, incitaban a ser besados.
La sola visión de sus sublimes pechos y sus rotundas nalgas incitaban a actos lujuriosos y prohibidos. Eran diablesas, cazadoras de recompensas, asesinas.

“¿Quié... quiénes son?” El ángel intentó que su voz no temblara, sin éxito.

“Ya lo sabes, mi querida Ersabel...” Dijo una de las diablesas.

“...Pero aun así te lo diremos.” Terminó la otra. Sus voces eran graves, sensuales.

Los dos seres infernales dieron un paso al unísono hacia el ángel, que no retrocedió.

“Vaya... Eres valiente.”

“Pero eso no te salvará. Mi nombre es Lamia.”

“Y Lémur es mi nombre. Nos han contratado para acabar contigo...”

“...Y eso es lo que haremos, bello ángel. ¿Sabes que eres preciosa? “

“Pues claro que lo sabes, ¿cómo no lo vas saber? Eres hermosísima. Cumplir nuestra misión será un verdadero placer. Primero, creo que deberíamos penetrar ese culito tan hermoso que tienes...”

“¿O quizás deberíamos obligarte a lamer nuestros coñitos? Hay tantas posibilidades...”

“...Lo que es seguro es que, con lo rica que estás, al final te comeremos.” Las dos se rieron macabramente.

Ersabel tembló involuntariamente. Estaba perdida. No sería capaz de enfrentarse en solitario a uno de aquellos letales seres, muchos menos a los dos a la vez. Intentó adoptar una postura defensiva, adelantando un pie y cerrando los puños.

Sin dejar de reírse burlonamente, una de las diablesas le dijo, “tienes agallas, no se puede negar. Pero no te servirán de nada. ¡Que la lucha comience!”

Al unísono, como si fuera un único ser, los dos demonios se abalanzaron sobre el ángel. Con sus dos colas, aprisionaron sus muñecas y, riendo, la derribaron contra el suelo. Ersabel fue consciente de cómo ambas diablesas la agarraban con fuerza y la inmovilizaban, sintiendo el calor de sus ardientes pieles contra la suya. Intentó rechazarlas con las alas, pataleando, pero todo fue un esfuerzo vano.

“¡Oh, vaya!... Pensábamos que serías un verdadero reto. Pero eres débil, como esos humanos a los que defiendes.”

Ersabel no pudo contestar. Lamia ¿o era Lémur? incrustó su boca contra la suya y ahogó sus inútiles quejas con sus voraces labios. Gimiendo, el ángel pudo notar cómo las manos de las diablesas pellizcaban sus pezones, retorciéndolos y apretujándolos, y amasaban sin piedad sus nalgas. Una neblina pareció velar su entendimiento. Una oleada de intenso calor recorrió su cuerpo, provocando que el sudor comenzase a perlar su cuerpo y que su sexo ardiese con inusitado fervor. Le costaba pensar y sólo quería dejarse llevar por las inusuales sensaciones que la asaltaban.

Las manos de una de las diablesas aprisionaron sus nalgas y las masajearon, rozando el esfínter, acariciándolo pero sin atravesarlo. Una de las colas prensiles acarició los labios de su sexo, y comprobó sin dificultad cómo habían comenzado a humedecerse.

Jadeando, Ersabel pudo, por fin, mascullar unas palabras. “¡Suéltenme! ¡Mald...! Mmmph...”

Las dos diablesas rieron cruelmente, mientras una de ellas mordía con fuerza el cuello del ángel y le arrancaba un inequívoco suspiro de placer.

“Oh, vamos... No nos dirás que no lo estás deseando. Mira.”

Dos dedos de una de las diablesas, Lémur, creía Ersabel, penetraron con suavidad en su vagina. El ángel cerró los ojos y tuvo que morderse el labio inferior para no gemir de placer. Los flujos eran muy abundantes y la diablesa notó cómo sus dedos chapoteaban en la humedad de la deliciosa cueva. Cuando lo sacó los pasó ante el rostro del celestial ser. Brillaban cómo si estuviesen completamente empapados. Ersabel pudo oler sin dificultad su propio aroma.

“Estás muy excitada, chiquilla. Yo diría que totalmente mojada. ¿O acaso no es así?”

El ángel bajó la cabeza, sin contestar, con sus mejillas ruborizadas. Era como si las tentadoras voces de las diablesas la acariciasen.

“No estés triste por descubrir tu verdadera naturaleza... Además, la diversión acaba de empezar. Te lo prometemos.”

Lamia apartó el largo cabello dorado del ángel mientras lo llevaba hasta su nariz para olisquearlo, como algo delicioso. Después, su larga lengua chupó su pálido cuello, empapándolo en saliva. Enardecidas, las diablesas continuaron sobando a placer al indefenso ángel. De repente, dos manos abrieron las desnudas nalgas del ser alado e introdujeron con algo de rudeza un dedo por el ano del ángel, moviéndolo dentro del recto.

“¡No!” Los gemidos fueron ahogados cuando la diablesa le metió los dedos en la boca, para lubricarlos con la saliva de Ersabel y para que, de paso, el espíritu celeste degustase el sabor de su propio ano.

Acto seguido, volvió a insertarlos en su orificio, y los abrió dentro, dilatando el ano. Ersabel, agotada, dejó de agitarse y cayó en un estado lánguido, a merced de las lascivas diablesas que la poseían. Los lujuriosos jadeos de los infernales seres le llegaban como en sueños. La diablesa retiró sus dedos y apretó su larga y gruesa cola prensil contra el ano del celestial ser. Como si fuese una enorme verga, presionó contra su orificio más estrecho, y el grueso apéndice carmesí fue abriéndose poco a poco por el agujero, hasta ensartarla completamente.

“Ugh... Por favor.”

“¿Si, querido ángel?”

“Por favor... Con cuidado.”

Lamia y Lémur sonrieron triunfalmente, como si hubiesen triunfado en algún oscuro juego y se besaron entre ellas con pasión, como si pretendiesen devorarse.

“Por supuesto, seremos muy delicadas... Si nos viene en gana.”

Con una embestida, el largo y grueso falo de Lémur se coló en las entrañas del ser celestial, que intentó debatirse por el dolor, pero único que consiguió fue que el inacabable estoque se introdujera más, ganando terreno en sus cálidas entrañas, y empalándola literalmente. Ersabel gritó lastimeramente, mientras la diablesa la hacía el amor por detrás. El grueso y titánico falo, tentáculo, cola prensil o lo que demonios fuese estaba dentro de su culo, entrando y saliendo viscosamente.

Las diestras manos de las diablesas la pellizcaban los pezones y la acariciaban por todas partes, empujándola hacia el orgasmo. Hasta sus oídos llegaban los sordos jadeos de place de los diabólicos súcubos y los húmedos golpeteos de la piel chocando contra la piel. Sólo pudo gemir ahogadamente cuando otro enorme mango demoníaco, el de Lamia esta vez, se posó sobre sus labios, y se restregó suavemente por mejillas y nariz, dejándola húmedo el rostro, como si aquel infernal falo gotease líquido pre-seminal. Pronto, Lamia se cansó de aquellos juegos y comenzó a empujar esa verga hacia dentro de la garganta de Ersabel, sin que ésta pudiese resistirse.

El rojizo glande se introdujo por su garganta, con dificultad, debido a las embestidas que la propinaba Lémur al penetrarla por detrás. De pronto Ersabel tuvo miedo. Aquella verga podía ahogarla completamente, dejarla sin respiración, pero Lamia no prosiguió más, sino que rugió de placer, mientras su mango se retorcía dentro de la boca del ángel, al igual que el de la otra diablesa lo hacía por las entrañas de la celestial criatura.

Ersabel sollozó lastimeramente, mientras las lágrimas caían por su mejilla. Jamás se había sentido así. Las gruesas vergas de aquellas diablesas se refrotaban y restregaban por sus entrañas, llenando completamente su interior. Sentía su propio sexo a punto de estallar y tuvo que contenerse para no acariciar su hinchado clítoris. La idea de que dos mujeres demonio, sus ancestrales enemigas, estuviesen dentro de ella, en su interior, en tórrida comunión, penetrándola por boca y ano, le provocó una terrible sensación de humillación y lujuria. Horrorizada, incluso se descubrió a si misma meneando las caderas de forma instintiva, facilitando la penetración.

“¿Has visto, hermanita? Nuestra querida angelita está disfrutando como nunca.”

“Ya te lo dije. Es bastante cochina... Ahora calla y bésame, hermanita. Estoy a punto de correrme.”

De pronto, el clímax llegó y Ersabel jadeó ahogadamente, pues el rabo de Lamia no la dejaba gritar. Su cuerpo tembló, presa de espasmos, mientras el orgasmo la sacudía, como una violenta descarga. Lémur y Lamia se sonrieron, mientras sujetaban el agotado cuerpo del ángel, sin dejar de penetrarla. Si no hubiese estado sujeta, Ersabel hubiese caído al suelo como un fardo. Como si fuese una señal, las dos diablesas llegaron al orgasmo casi simultáneamente.

Primero fue Lémur, quien, temblando incontroladamente, llegó al clímax. A la vez que su sexo se llenó de fluidos, el semen brotó de su largo apéndice, en el interior del ángel. La diablesa llenó los intestinos del ángel de su caliente esencia, rugiendo de placer y triunfo. Cuando extrajo su falo-cola prensil, aun seguía disparando potentes chorros de esperma, bañando la espalda, alas, culo e incluso el cabello de Ersabel.

Lamia también rugió, antes de eyacular igualmente. Un río de semen ardiente llenó boca y garganta del ángel, amenazando con ahogarla. La esencia de la diablesa le desbordó por labios y barbilla. Siguió descargando incluso de retirarlo de la boca de Ersabel. Varios chorros de la espesa sustancia golpearon el hermoso rostro del ángel, manchando su rostro y cabello. Extasiada, Lamia la cerró la boca y la tapó la nariz, obligándola a tragar toda la esencia que todavía contenía su boca. Después, las dos mujeres demonio la liberaron de sus zarpas, con lo que el ángel cayó al suelo, jadeante y completamente embadurnada del semen de los diabólicos seres.

“Ufff... Ha sido increíble, ¿no crees, mi querida hermanita?”

“Oh, vamos. No irás a decirme que ya te has saciado. ¿No quieres que volvamos a poseerla?”

“Sabes que me encantaría, pero tenemos un contrato que cumplir.”

“¿Te he dicho alguna vez que eres una aguafiestas?”

Lamia se arrodilló junto al semiconsciente ángel y le acarició los pechos, frotándole los pezones. Su largo rabo se enroscó en el muslo de Ersabel, quien no pudo evitar gemir. La diablesa la apartó un mechó de rubio pelo de su húmedo rostro.

“Creo que tienes razón, hermanita. Todavía es pronto y la noche es joven. Esta vez me pido su culito.” Ambas diablesas se abalanzaron sobre el indefenso ángel.

Muchas horas después, Ersabel no podía mantenerse sobre sus pies, mucho menos elevar el vuelo. Amanecía. Durante toda la noche, había sido poseída por esos dos súcubos. Apenas sentía su coñito y menos su culo, cuyo ano ardía, notándolo tres veces más grande que el día anterior. La pegajosa esencia de las dos diablesas la cubría entera.

“Querida Ersabel, ha sido un verdadero placer conocerte, ¿no es cierto, hermanita?”

“Totalmente cierto. Has demostrado ser muy valiente, hermosa ángel. Sabías que no podrías derrotarnos y aun así no intentaste huir, aunque tampoco te hubiese servido de nada.”

“Pero es hora de cumplir nuestro contrato.” Las dos diablesas sonrieron diabólicamente.

“Como te dijimos al principio, eres tan hermosa, que te comeríamos. Y eso vamos a hacer. Lo hemos echado a suertes y ¡me ha tocado a mí!” Mientras reía cruelmente, Lamia se metamorfoseó en un instante en un extraño ser parecido a una babosa gigante de color rojizo, pulsante, con numerosos tentáculos acabados en ventosas y chupones, y se abalanzó sobre el aterrado ángel.

El demonio enroscó sus tentáculos en los muslos y muñecas del ángel, enlazándolos, estirándolos e inmovilizándolos a placer, como si Ersabel no fuese más que una muñeca indefensa en sus garras. El celestial ser gimió al ver a la enorme criatura que se retorcía ante ella. Confusa, Ersabel luchó denominadamente, tratando de deshacerse de los tentáculos, forcejeó durante unos instantes, pero estaba completamente agotada y exhausta. Un tentáculo se arrastró sobre su vientre, mientras las ventosas sorbían ruidosamente sobre su piel, impregnándola con una pegajosa gelatina. Su pálida piel pronto se halló cubierta de la cremosa pasta y los tentáculos se deslizaron lenta y suavemente por todo su cuerpo. Varias ventosas tiraron ligeramente de sus pezones y otras zonas de su piel, como si probasen su suave carne.

“Malditas...” Susurró el ángel, horrorizada al descubrir que su cuerpo respondía a la exploración con un evidente humedecimiento de su sexo.

La diablesa, ahora transformada en un viscoso monstruo, seguro de su victoria, siguió largo tiempo la exploración de su presa y Ersabel sintió como los tentáculos recorrían su entrepierna, enroscándose en sus muslos, y masajeando sin ningún pudor sus nalgas. Su toque producía como pequeñas descargas eléctricas sobre su cuerpo.

“Me vas a tragar...” Susurró desesperadamente el ángel, sin poder evitar suspirar, debido al creciente e insistente toque de chupones y tentáculos, restregándose por todo su cuerpo.

Mirando a su derecha, Ersabel pudo contemplar cómo Lémur se masturbaba contemplando a su vez cómo su hermana la devoraba a ella. La diablesa pellizcaba con dureza uno de sus pezones, mientras varios dedos su otra mano se enterraban en su húmedo sexo, a la vez que lamía con avidez su propia cola demoníaca. A su pesar, la visión provocó que un escalofrío de goce recorriese a Ersabel.

El demoníaco monstruo sintió que el angelical ser había dejado de luchar y comenzó a arrastrarlo hasta su enorme boca abierta. La gelatinosa saliva del monstruo cubrió las piernas del ángel, chupándolas sin compasión. La boca del monstruo tenía varias filas de ventosas y chupones que empezaron a agarrar con fuerza el desvalido cuerpo de Ersabel, lamiéndola vientre y piernas.

El ángel gimió, a su pesar, de placer creciente y sintió a la criatura tocándola por todas partes... y suspiró al sentir cómo la boca amasaba y chupaba, primero su bajo vientre, y después sus senos. También notó cómo sus muslos eran arrastrados hasta la enorme garganta. El húmedo sexo de Ersabel estaba a punto de llegar al clímax cuando notó la punta de un inquisitivo tentáculo empujando en su culo. El ángel se retorció de placer y, al hacerlo, el tentáculo resbaló con inusitada facilidad en su ya abierto y húmedo ano, penetrando en su interior.

Su trasero y caderas penetraron en la boca de la diablesa y jadeó de enorme placer, próxima al orgasmo. Ersabel se dio cuenta de que ya estaba casi completamente en el interior de Lamia y notó los anillos musculares envolviendo sus largas piernas. Su tenso vientre resbalaba dentro de la enorme boca que exprimía su carne caliente, mientras las cálidas secreciones del monstruo cubrían su piel. Ersabel gritó ahogadamente, sufriendo un terrible orgasmo y en ese mismo momento, un tentáculo penetró por su boca y garganta, cual si fuese un gigantesco falo. Las convulsiones orgásmicas facilitaron que el cuerpo del ángel penetrase totalmente en la boca de la demonia, que se cerró tras ella.

Ersabel sintió las pulsaciones de la garganta del demonio alrededor de su cuerpo fuertemente apretado, y las cálidas secreciones de saliva gelatinosa que suavizaban todo su roce. Con rapidez, la garganta del monstruo se dilató y el ángel se deslizó en el estómago de la bestia. Quedó estirada dentro de la apretada cámara constringente, y notó una extraña pero agradable sensación cuando las encimas digestivas comenzaron a trabajar.

La angelical criatura fue consciente de que iba a ser devorada, a ser comida por Lamia, su enemiga, y se sorprendió a sí misma preguntándose si sabría bien. El estómago cubrió generosamente su piel de fluidos digestivos y sus paredes se apretaron contra su cuerpo. El tentáculo que permanecía en su boca se agitó, como si exigiese la debida atención, y Ersabel lo chupó y saboreó, mientras comenzaba a sentir una sensación de sopor. La última impresión, muy placentera, que Ersabel notó, fue cómo un tentáculo resbalaba al interior de su culo y bombeaba cálidos fluidos digestivos profundamente en el interior de su cuerpo.

Lamia se hallaba tumbada boca arriba, como una boa, jadeante, todavía digiriendo a su presa. Su tripa era anormalmente grande, casi como si estuviese embarazada. Lémur se acercó y se tumbó a su lado, mientras besaba sus labios con deleite.

“¿Estaba buena, mi querida hermanita?”

“Estaba deliciosa... Hacía mucho tiempo que no probaba nada igual. Pero todavía tengo ganas de más...”

“Eres insaciable... Veremos qué puede hacerse.”

Lémur besó el cuello de su hermana diablesa y fue deslizándose hacia abajo. Se detuvo un corto periodo en sus rojizos y puntiagudos pezones, y continuó su descenso, dando pequeños y húmedos besos hasta llegar a su sexo. Lamia rió audiblemente de felicidad. Podía sentir la lengua de su hermana en ella, y su coñito pronto se vio empapado. Lémur separó los labios vaginales de su hermana y comenzó a lamer su hinchado clítoris, primero con largos movimientos de su lengua, luego con suaves caricias como una pluma. Las caderas de la diablesa se estremecían, saltando y girando, pero Lémur se aferró fuertemente a sus muslos y continuó el asalto. Primero empleó un dedo en la estrecha cueva y comenzó a meterlo y sacarlo en su húmedo interior.

El placer asoló la cordura de Lamia con ondas rojas que enturbiaban su visión. Músculos de los que apenas era consciente que poseía, se retorcían en espasmos dentro de su cuerpo. Cada latigazo de lengua de su hermana la empujaba más y más al orgasmo. Su cuerpo, hinchado hasta que terminase de digerir a Ersabel, se curvó hasta que parecía que iba a romperse. Un grito desgarrador surgió de su garganta, reflejo del placer insoportable, mientras una tremenda oleada de flujos brotó de su sexo y empapó el rostro de su hermana.

Ambas diablesas permanecieron tumbadas, jadeantes. Cuando Lamia habló, su voz era ronca, pastosa, sensual. “El trabajo no está reñido con el placer, ¿verdad hermanita?”

“Totalmente de acuerdo. Y bien, ¿quién es nuestra próxima presa?”

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Comentarios(1)

Dulce
Publicado 10 nov 2010 18:35
Me fasino tu historia, encantada, felicidades por tu relato, es tan erotico que se puede sentir la lujuria en cada oraciòn. Gracias por tan buena historia.
 

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